Cada mañana, antes de salir de casa, me preparo un café y echo un vistazo a un periódico, sin el famoso cutter que uso para desmadrarlo y cortar sólo lo que me interesa. El primer vistazo sólo lo hago por chismoso, paso las páginas buscando algo que pueda alimentar a mi más morbosa curiosidad. En el momento en el que se termina el café, cierro el periódico, tal como lo recibí y me dirijo a la oficina o a desayunar en forma. Generalmente no pasa de las 7:30am.
Por otra parte, siempre llevo conmigo una libreta negra y una pluma fuente. En ese cuaderno y con esa pluma escribo todo, literalmente todo, lo que sucede en mi día: es mi agenda, mi lista de pendientes, mi base de notas para la novela que estoy escribiendo o de reflexiones si se me ocurre algo. Lleno las páginas de este cuadernito hasta que se ven completamente negras, incluso tapizo los márgenes de notas. Llevo ya haciendo esto algunos años y tengo todas estas libretas archivadas.
Hoy, mientras curioseaba por el periódico, decidí sacar mi libreta (cosa que nunca hago en ese momento del día) y me puse a garabatear qué es lo que me gusta escribir, más bien, por qué escribo, qué es lo que me lleva a inventar un relato, mal lograr una poesía u opinar acerca de un tema.
Como la gran mayoría de lo que escribo en dicho cuadernito, las ideas eran confusas y la divagación era el personaje principal en la página. Entonces , me quedé pensando… escribo porque quiero comunicarme. Es la única forma en la que puedo procesar lo que sucede en el mundo exterior haciéndolo parte del mi microcosmos llamado comprensión. Me di cuenta que escribir es una acción de análisis y no de síntesis, que me concentro mejor con una pluma en la mano, que comprendo mejor lo que leo si lo garabateo después en mi libreta o lo hago extenso en mi computadora.
Dos cosas me transportaron a este frustrante y desolado espacio lleno de manchas de tinta sin sentido: un artículo de Héctor Aguilar Camín llamado La década perdida de la política mexicana; y la reciente controversia de Ahmadineyad y el enriquecimiento de uranio (eso no lo leí hoy, simplemente me lleva haciendo ruido varios días).
El primer tema es México: me destroza. Saber que vivo en un país gobernado por intereses personales, me resulta imposible de digerir: escasez absoluta de ideologías políticas, de creencias. Apatía. A ver quién gana más y quién sale mejor en la tele, a ver quién puede darle el mejor hueso a los cuates. Y ya. Partidos buscando alianzas para sacar a otro partido de algún estado. Pero para qué chingaos lo quieren sacar. Eso es algo que nadie dice. Reformas recibidas con una patada en el culo, ¿por qué? Por que me caes mal, güey. ¿No te parece, o qué? Las creencias, al parecer, se reducen a tener mejor casa, mejor coche y estar mejor parados en las mafias. A la gente, como dice Joaquín Sabina: pastillas para no soñar. La columna que leí esta mañana me recordó la impotencia, la apatía, la impunidad. Les vale madre a los políticos si los ventilan o no, si salen trapitos sucios a la luz o no. Nadie les puede hacer nada. El guión ya está escrito y los ganadores asignados. No tengo idea hasta dónde llegue el engaño. Francamente, mi imaginación ya dejó de buscar la realidad porque sé que si la encuentra se quedará corta ante la crueldad con que se maneja aquello que yo no veo.
El segundo tema es, hasta cierto punto, lo contrario a México. Una ideología tan fuerte que derroca a la democracia, que encarcela a la oposición, que persigue y condena a todos aquellos que la desafíen. Una ideología política, basada en fundamentos religiosos, que es absolutamente ciega. Una creencia que tiene a algún dios de su parte y permite amenazar al mundo, luchar contra él, rebelarse ante las sanciones internacionales. Los recursos utilizados para la generación de energía en un centro médico son, casualmente, los mismos necesarios para desarrollar armas nucleares. Me cuesta trabajo creer que la Comunidad Internacional esté muy preocupada porque Irán tenga menos hospitales. Además, acompañado con declaraciones tan bélicas como que pronto llegará el fin de Israel, cuesta más trabajo entender cómo pueden ser buenas las intenciones para trabajar el uranio.
Ellos sí creen en algo. Nosotros no. Todos buscamos poder. Pero, ¿al precio que sea? Veo a un presidente Calderón con una propuesta de reforma política digna. Sin ser calderonista pienso que fue, finalmente un arranque de lucidez. Y no entra siquiera a debate. Allá, Ahmadineyad decide mandar al carajo a todo el que no esté de acuerdo con él. Autoritarismo bélico contra búsqueda de poder absurda. Ambos con resultado catastófico.
Y después de ver estos dos panoramas, reviso mis anotaciones de esta mañana y vuelvo a preguntarme por qué escribo. ¿Qué quiero decir? ¿O será mejor simplemente inventar historias para que alguien pueda encontrar un mejor mundo en algún lugar? ¿O las escribo para que los que viven en un sueño rosa dejen de hacerlo y conozcan la realidad?
En fin, aquí estoy. En contra de la guerra y a favor de las soluciones políticas. Esperando que no llegue el día nuclear. Esperando que no estalle ninguna guerra en Medio oriente. Y esperando con todas mis fuerzas que en este país deje de reinar el desorden.
Mientras tanto, no me queda más remedio que seguir salpicando de tinta mi libreta y atacar salvajemente a los periódicos con mi cutter.
Ah, y buscar algo nuevo y bueno para leer.
Nos vemos pronto.
