Aprendí a escribir un domingo por la mañana. Mientras Joseph K enfrentaba un proceso y el absurdo dirigía la mañana confundida entre un sol asfixiante en la ciudad de México y la nieve de Praga.
Aprendí a escribir un domingo por la mañana porque Artur Rubinstein me enseñó en secreto cómo se tocaba el Concierto para piano 2 de Saint-Saens. Un domingo por la mañana me di cuenta que las letras me susurraban cosa y que Kafka quería decirme algo, descubrí que no existo más allá de mi propia imaginación y que mis letras son la mitad de esta. Descubrí que no soy letras, que tampoco soy descrito por letras. Un domingo en la mañana acepté que soy pretensioso y que no sé nada, que necesito escribir más suspenso en mi ficción y más fantasía en mi suspenso, un domingo en la mañana, Leni besaba a K, un domingo en la mañana hice ejercicio y llegué a la premisa de que una hora de ejercicio y una hora de lectura diaria podrían ayudar a cualquier persona a ser un poquito mejor.
Aprendí a escribir un domingo por la mañana, más bien, aprendí que no sabía. Desayuné un licuado con avena y leí una revista, viajé al recuerdo de una novela terminada de leer hace un mes y lloré de nuevo. Luego de la pausa regresé a Kafka y al concierto de piano de Saint-Saens que comenzaba por tercera vez a sonar en mis audífonos. Algo pasaba con el aire. Algo pasaba con el sol, todos fuimos uno por un momento y el sol me leía al oído, y el aire me despertaba, me hacía sonreír sin sonrisas. Porque no quiero sonreír.
Porque solo soy un loco y no quiero ser más que eso, quiero escribir y la página en blanco no me deja el día de hoy. Justo aprendí a escribir un domingo por la mañana y no puedo hacerlo. Aprendí de mí, me conocí por completo y de pronto se me olvidó.
Lloro con mi página en blanco y Kafka se ríe de mí. Ese soy yo. Leyendo de nuevo El proceso. Parece que no aprendo.
